El primer paso para construir una nueva vida

El primer paso para construir una nueva vida

¿Resucitar o el llamado a una vida?

Ayer estaba meditando acerca de lo que significa la pascua católica y, más precisamente, sobre el domingo de resurrección. No desde una aproximación dogmática sino más bien energética universal porque siempre he pensado que todo lo que tiene que ver con la religión y la espiritualidad del hombre se conjuga en presente continuo y nada tienen que ver con enunciados fríos que muchos usan de excusa para justificar ciertas acciones o inacciones.

Desde ese punto de vista, recibí una revelación que les comparto hoy con la idea de un nuevo amanecer:»Domingo de resurrección: todos estamos llamados a una nueva vida. Benditos quienes respondan al llamado porque guiarán al resto». Eso fue lo que escuché en medio de mis pensamientos y también fue el leitmotiv de mi domingo y de lo que va del lunes.

Así… Cada día, cada amanecer es en sí un renacimiento. Lo vemos en las plantas y en muchos animales que -al calor del primer rayito de sol- despiertan del letargo en el que se sumergieron para pasar el frío de la noche. Entonces, si estos organismos “primitivos” responden al llamado de ese renacimiento diario, sin cuestionamientos y sin dudas… ¿Por qué nosotros los humanos racionales no hacemos lo mismo?

Pues la respuesta es fácil: ese es el punto donde la neocorteza juega en nuestra contra. La mayoría de los animales (excepto los mamíferos) tienen sólo una o 2 de las 3 partes que conforman nuestro cerebro (neocorteza, cerebro límbico y cerebro reptil) y ninguna de ellas es la neocorteza. Esta zona –la neocorteza- es la que almacena, aparte de la capacidad del habla y el raciocinio, nuestra memoria de esta vida. Pero es precisamente en esa zona donde está el meollo de nuestros rollos.

A esta estructura cerebral triple de los mamíferos se le conoce como cerebro triuno y comprender su funcionamiento es una de las claves del éxito en el camino del autoconocimiento y del reconocimiento del otro. Así, cada una de las zonas es responsable de un nivel de procesamiento del entorno: la neocorteza es la intelectualidad, la memoria y el raciocinio; el cuerpo límbico procesa las emociones a partir del placer; y el cuerpo reptil procesa las actividades instintivas de supervivencia (sí, como la lagartija que corre por su vida).

¿Por qué la neocorteza juega en nuestra contra? Porque en ella se almacenan los hábitos (y los malhábitos), la trampa de la zona de confort y la memoria detallada de todo lo que vivimos, incluso lo malo. Entonces es de ahí de donde el sistema límbico y reptil echan mano para manipularnos y convencernos de que en la zona de confort de las relaciones tóxicas o de la inacción estamos mejor, en una falsa promesa de evitar el dolor a partir de lo conocido. Como si lo conocido no hiciera suficiente daño –y pudiera seguirlo haciéndolo-.

Pero como nada está escrito en piedra… En ninguna parte dice que esto no puede cambiar. De hecho… «Tu vida cambia en la medida que estés dispuesto a asumir la responsabilidad del cambio.»

Siempre sostendré que el hombre es un animal de costumbres, así llegamos al mundo en forma de bebés/animalitos salvajes (el impulso primario es responder al instinto de cubrir las necesidades básicas –cerebro reptil- y vamos siendo “domesticados” en el camino a través del roce social con nuestros padres, hermanos, familia, amigos, escuela en ese orden (y ellos contribuyen a domar al cerebro reptil y a entrenar y desarrollar al límbico y a la neocorteza).

Por eso la mayoría de los problemas y ataduras vienen de hábitos nocivos (llámalos prejuicios, creencias limitantes, relaciones tóxicas o de la manera que se te haga más cómoda) y -como todo hábito- la manera de cambiarlo es erradicarlo o sustituirlo por otro.

Entonces, «¿Hay una clave o un manual para conseguir una vida diferente? La respuesta es sí y es mágica pero no sucede de la noche a la mañana ni es definitiva por definición. Es más lo que yo llamaría un entrenamiento en inteligencia emocional» y -como entrenamiento- necesita disciplina, constancia y fuerza de voluntad.

Así, el primer paso es comprender este nivel psicológico neurológico en el que funciona nuestro cerebro (y el de todos los humanos) y reconocer en él la manera en la que lo hemos alimentado de la información que usa para procesar el entorno. Cada individuo es distinto y aunque las situaciones que vivimos los humanos parecen muy similares, hay un sinfín de variables mínimas que nos hacen únicos que hacen únicos también nuestros conflictos, valores y dificultades.

Al comprender cómo has estado procesando el contexto y al reconocer a qué estímulos estás respondiendo de qué manera, tomas responsabilidad y conciencia de cada situación que vives y eso te da el poder único de elegir si quieres seguir procesándolo de la misma manera o tienes opciones para iniciar un cambio. ¿Ves el entrenamiento en inteligencia emocional aquí?

A partir de allí, lo que necesitas es constancia para mantener el nuevo hábito. No quiere decir que no habrá “recaídas”, no quiere decir que dejarás de ser humano y que “jamás volverás atrás”. No. Quiere decir que reconoces el problema y tienes la capacidad para corregirlo y, como todo, primero será en un nivel básico y hasta obvio pero -a medida que lo vas dominando, como cuando entrenas una nueva disciplina deportiva- se te presentarán retos mayores y ahí es donde toca echar mano de la fuerza de voluntad y el compromiso con el cambio de tu vida que estás experimentando.

Eso, mi querido lector, es el primer paso para construir una nueva vida; el primer paso en el camino del autoconocimiento, del reconocimiento del otro y de la libertad individual.

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