La identidad del cochino frito o uno de mis experimientos etnográficos

La identidad del cochino frito o uno de mis experimientos etnográficos

Muchos dicen que no conoces la identidad de un pueblo hasta beber en una taguara de mala muerte. Yo digo que no la conoces hasta probar su comida chatarra.

Amante de la gastronomía y chef frustrada –por falta de dedicación al estudio pero con mucho empeño empírico-, sitio que piso, sitio al que le pruebo toda su comida típica; pero nada de restaurantes gourmet con platos finos en miniatura. ¡No! Yo pruebo la comida real, la que se come a diario.

Hace unos días tuiteaba con un primo acerca de nuestras experiencias como viajeros y ésa fue nuestra conclusión: alcohol en taguara vs. comida chatarra. Afortunadamente, mi trabajo actual me deja tanto tiempo libre como necesito para inventarme una buena excusa y recorrer mi país, lo que me recordó mi más reciente encuentro con el cochino frito.

En junio pasado me lancé una de mis más largas travesías a Puerto Ayacucho. Un viaje estimado en 16 horas para conductores expertos. Yo, una novata -por segunda vez- al volante y que nunca ha manejado por la zona, decidí invitar a un amigo con más experiencia en carreteras –por si las moscas o pa’no aburrirme sola-.

Fue así como nos detuvimos a comer en un restaurancito desolado en algún punto entre Guárico y Apure. La verdad, la carretera se hizo tan monótona que nunca supe dónde estábamos. Era un restaurant de carne en vara que no tenía carne en vara; por lo que mi siguiente opción fue –uno de mis platos favoritos-: el cochino frito.

¡Dios! Qué decepción. ¡No he comido cochino frito más seco e insípido en mi vida! –o en mis paseos por Venezuela-. Eso me hizo recordar mis experimentos etnográficos y comprender por qué nunca me gustaron los llaneros. Sí, definitivamente somos lo que comemos.

Mientras trataba de masticar cada pedacito –porque de paso estaba cortado tan mínimo que ni pa’un bebé- lo comparaba con los tipos a mi alrededor. Triste realidad: planos, desaliñados, rígidos y simples como nada, ni siquiera como las mesas de tronco sobre las que comíamos porque esas tenían su encanto.

Eso me llevó a mi amada guarolandia –porque soy una barquisimetida de oro- y los cochinos fritos que he comido por ahí. Los guaros tienen una costumbre: aliñan de más; por lo que el cochino frito –aunque está cortado a la medida ideal- tiene un fuerte sabor a orégano que de milagro permite terminar el plato. Es una comida para “de vez en cuando” porque tanto monte empalaga.

En cambio, por el oriente venezolano la cosa es distinta: el cochino frito lo consigues en unas taguaritas de palo y techo de paja a la orilla de casi cualquier carretera. Cuando te sirven el plato, ¡por Dios, juras que el cochino murió de hambre! Eso lo que da es tristeza, las pobres costillitas parecen de gato y ni siquiera les echan sal. Cualquiera diría: – ¡Qué insípido! – ¡Pues no! Parece que por esos lares alimentaran al cochino con los aliños, con pescado o no sé con qué rayos que le da un sabor único. Yo, que me aburro de todo con facilidad, ¡podría comerlo a diario!

También está lo que llamo “el central”. Yo no soy muy fan del estado Aragua que digamos, sin embargo, por ahí se consigue fácilmente un muy buen cochino frito –a veces muy grande para mi gusto- pero con un gusto impresionante, jugoso y tierno como ninguno de los anteriores. “Agregue sal y listo”, diría yo. Es decir, un empujoncito de parte del comensal y tiene la comida perfecta. Para mí, ¡el mejor de los cochinos fritos!

Muy posiblemente la descripción anterior pueda aplicarse también al mirandino-capitalino. Desafortunadamente, el tiempo ha hecho estragos en mi memoria y no logro evocar imágenes sensoriales de mis experiencias por esos predios; lo que no es ni malo ni bueno: no habrá algo que me haya dejado loca –en buen sentido- pero tampoco nada tan desagradable como el llanero. También podría leerse como que es hora de volver a otro de mis experimentos etnográficos, ya veré…

Definitivamente yo tengo buen gusto, tanto para la comida como para los hombres. Por eso, me quedo con mis centralitos: nada muy elaborado pero con el potencial necesario y listo para ser desarrollado con un esfuerzo relativamente pequeño. Mientras tanto, buscaré una buena excusa para continuar a otro estado con mis experimentos y alargar un poquito más la lista de mis cochinillos.

P.D.1: A las niñas: cualquier parecido con la teoría de los huevos de Runnaway Bride no es coincidencia. ¡En la variedad está el gusto! Así que a ponerse las pilas antes de que les toque comer cochino simple “hasta que la muerte los separe”.

P.D.2: A los niños: llaneros, guaros, centrales, orientales y afines que se prestaron para el experimento o que se hayan dado por aludidos… ¡Es sólo la humilde opinión de una bruja! Estoy segura de que nadie salió herido en el curso de esta investigación.

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