Mecánica Popular para gente normal

Mecánica Popular

Una noche me preguntaba cómo se detiene un tren. Estaba sola en casa y recordaba el Metro de Caracas con un poco de nostalgia. Me imaginaba en uno de sus vagones haciendo mi recorrido habitual más reciente: Dos Caminos-Capitolio (en todas las horas imaginables) y, al recordar con detalle esa experiencia, me causó curiosidad el funcionamiento de sus frenos. ¿Serían igual a los de mi carro? Yo he escuchado que las gandolas tienen “frenos de aire” –no sé si es verdad- ¿Serán unos frenos especiales? Como mujer, conocedora de una muy básica mecánica –aunque superior en comparación con el promedio de mi género- pedí ayuda a mis amigos seguidores. Sólo uno respondió, con dos comentarios que me hicieron pensar y que reproduzco en orden:

  • @BrujaReal: Alguno de mis adorables seguidores podrá explicarme cuál es el tipo de freno más potente…??? Gracias!
  • @ARCTRAFICO: el freno que te ponen cuando estás bailando, mano y brazo en el pecho de tu pareja
  • @BrujaReal: jajaja esa es una muy buena respuesta pero hablaba de algo técnico! No sé, de aire o algo así… No manejo el tema de frenado
  • @ARCTRAFICO: frenos de potencia. Todo carro de los 90 en adelante lo tiene.

Al parecer, es inevitable –hasta para un experto en tránsito automotor- desvincular los frenos del asunto emotivo-pasional. El dilema es el siguiente:

Según mi –muy somera- investigación, hasta la década de los 90 la mayoría de los vehículos producidos poseían/poseen un sistema de frenos de fricción (banda, disco o tambor) que utiliza la fuerza cinética para desacelerar el vehículo, a merced de que se bloquee por completo el giro de la rueda y se pierda el control del vehículo. A partir de allí, se popularizó el sistema de frenos ABS -diseñado originalmente para el tren de aterrizaje de los aviones- que incorpora una bomba que administra fluidos y sensores para controlar las revoluciones de las ruedas y evitar el gran inconveniente de los frenos de fricción.

Entonces entendí: la evolución del sistema de frenos obedece a que cada vez vivimos la vida más rápido y vinculamos los frenos al contexto emotivo-pasional porque es un ámbito sobre el cual estamos acostumbrados a “no tener control”. Cuando me detuve a pensarlo era así: todo pasa muy rápido a nuestro alrededor y algo nos debemos estar perdiendo.

Ahí me di cuenta de que lo importante no es parar el tren. Aún cuando el Metro esté completamente detenido en la estación, no podría mirar a mi alrededor. Es un mal de las víctimas de la globalización que nos encontremos a diario en sitios abarrotados de gente pero completamente solos. Mal haría tratando de ver por la ventana de un vagón lleno de gente; más aún, si hablamos –como en el ejemplo- de un vagón del Metro de Caracas detenido en hora pico a mitad del túnel Plaza Venezuela-Colegio de Ingenieros.

Anoche le decía a Calíope –una experta en choques aparatosos, masivos e individuales- “Dale con calma, con paso suave”. Desde que la conozco –harán ya unos 15 años- sólo la he visto disfrutar de sus vehículos por muy cortos períodos de tiempo y todo siempre termina en desastre: o el carro queda irreparable o hay que recomponerla a ella. Todo porque después de 5 semanas de salir con un tipo X “ya está enamorada” y a la semana 6 ó 7 el asunto deja de pintar bien, hasta que el motor o la caja “se tiran tres”.

Yo no voy a decir que soy una santa. Yo llevo mi larga –muy larga- lista de choques que incluyen motorizados heridos, noches en la cárcel y otras hierbas arómaticas pero, a pesar de todo, no ha habido pérdidas reales que lamentar. Después del primer atropellado fue difícil superar el trauma y volver al volante, no lo niego. Pero creo haber dado con una fórmula para no pasar tanto trabajo: volver a lo básico, a lo simple de la vida.

Fue así como aprendí a caminar otra vez. Re-aprender calles y todo el entorno, identificar las mañas de mis vecinos peatones, de los motorizados y ciclistas, de los perritos callejeros y de todo malviviente al volante que pueda existir. Un reseteo para conocer de nuevo “cómo es el maní” y comenzar a correr.

Por eso, hoy prefiero recorrer la vida en bicicleta:

  • Estoy completamente en contacto con toda la experiencia del paseo
  • Yo misma controlo la velocidad según mi cuerpo lo permita. Cuando puedo ir rápido, voy rápido y, cuando no, me dejo llevar por la inercia
  • No necesito un complejo sistema de frenos que me detenga, basta con querer frenar
  • La caída más aparatosa me dejará un hueso roto, si acaso -¿qué es una raya más para un tigre?-

El asunto es que despacio se disfruta más la experiencia. No me pierdo ni un detalle de lo que sucede. Tengo tiempo suficiente para probar y reconocer una mala vía y cambiar de ruta o abandonar el paseo si ya no me gustó. Mucho de aquel “sin pausa pero sin prisa”, con total y absoluto conocimiento de causa.

Ciertamente con mucha frecuencia salgo en mi carro, ciertamente confío muchísimo en sus ABS pero muy ciertamente no es mi carro el que define mi viaje. Él es eso, un vehículo. Como automóvil me brinda comodidades que la bicicleta no tiene en sí misma –privacidad, aire acondicionado, hilo musical, sombra- y reduce considerablemente el tiempo de recorrido, pero soy yo quien lo conduce.

Esto quiere decir que, a pesar del vehículo que manejemos, la decisión siempre está en nuestras manos. Es parte del libre albedrío si queremos incrementar las cifras de accidentes viales o las de conductores responsables, dentro y fuera de las carreteras. Entonces ¿por qué morir por un ratico de adrenalina y cariño si podemos vivir para disfrutar de millones de sensaciones en el camino?

Entradas recomendadas

Aún no hay comentarios, ¡añada su voz abajo!


Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *