Ni porque me fajaron chiquita

Ni porque me fajaron chiquita

Cuando pienso en televisión, siempre me devuelvo a mi infancia. No en pocas oportunidades, mi madre llenaba la casa de argumentos sobre por qué yo no debía ver televisión; y el resultado siempre fue el mismo: dejar de ver programas “hechos” para ver sus “making of” (tratando de zafarme de los argumentos de mi madre).

Ya más adelante, cuando terminaba la universidad, hay una frase célebre de mi progenitora que lo define todo. La pongo en contexto: terminaba mi trabajo de grado para recibir la licenciatura en Comunicación Social: un análisis semiótico de Desnudo con Naranjas, célebre película venezolana de los 90 (cuya dedicatoria es prueba de lo que les cuento y la pueden ver aquí) y, luego de verme analizar a fondo los códigos lingüísticos, estéticos y sonoros de la película, dijo:

No puede ser que yo haya pasado mi vida alejándote de la televisión, para que resulte en que piensas dedicarte a eso el resto de tu vida.

Mi mamá

No fue así. He hecho la televisión que he querido, en los términos que mis principios me lo han permitido. Desafortunadamente, en Venezuela prevalece el:

Hay que darle al público lo que el público quiere ver.

Y yo no comulgo con eso; no sin pasarlo por el filtro de lo formativo, de lo constructivo. Cosa que no tiene por qué ser aburrida, pero aquí no se entiende. Así que prefiero seguir como espectadora.

Sin embargo, he conseguido en las series de televisión un refugio seguro y muy nutrido, por lo que soy una ávida consumidora de estos productos en casi cualquiera de sus géneros.

Es aquí donde entra en el juego El Cambur. Ellos conocían mi afición y me ofrecieron escribir una columna de opinión para ellos, que hoy comparto contigo por esta vía. Eso sí, dejando claras dos premisas básicas que es bueno que tengamos en claro:

No suelo escribir acerca de la tv mainstream. No digo que es el coco ni que nunca lo haré, pero no es lo habitual. Me inclino más por ver y comentar series que nos permitan aprender de ellas.

Procuraré ponerte de cabeza. Sí, porque resulta que de la tv podemos aprender mucho, aunque no estés viendo NatGeo, History o Discovery Channel. Y precisamente eso es lo importante.

La televisión es un reflejo de la sociedad y la sociedad se compone de seres humanos interactuando. Si le metes lupa a esas series que consumes por entretenimiento, te darás cuenta de que hay mucho de ti y de tu sociedad en ella, a pesar de ser un enlatado.

Eso es lo que me he dado a la tarea de resaltar: reconocer lo que nos hace iguales en este planeta globalizado, cuestionar prejuicios y aprovechar nuestras diferencias como ancla para crecer, como individuos y como sociedad.

Eso, más o menos, es lo que conseguirás cuando decidas asomarte por aquí: Series en serio.

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